La migración de los cantares: Reflexiones de un observador de pájaros

Håkan Stenlund  /  Min Read  /  Culture

Dándole la bienvenida al “ruido de bienvenida” del Círculo Ártico

Håkan y Rubens se adentran en el bosque para su caminata matutina. Laponia, Suecia. Foto: Håkan Stenlund

Si paseas a tu perro cada día de la temporada durante muchos años, prontamente comenzarás a reconocer los cambios. Notarás cuando las canciones de los pájaros ya no estén. Y sabrás cuánto las extrañaste una vez que estén de vuelta.

Esta mañana, como tantas otras en las que he seguido esta rutina familiar, pienso en la frase inicial del excelente libro de Jonathan Rosen, The Life of the Skies (La vida de los cielos): “Todos son observadores de aves, pero hay dos tipos de observadores de aves: aquellos que lo son y aquellos que aún no se dan cuenta que lo son”. De alguna manera, he llegado a creerle.

Yo tengo un perro, Rubens. Un springer spaniel bautizado en honor al famoso pintor holandés Peter Paul Rubens, quien también amaba pintar bellas escenas de caza y, creo, fue un real oportunista, habiéndose convertido en padre ocho meses después de su muerte a la edad de 63 años. Paseo a Rubens, el perro, cada mañana a la misma hora y casi siempre por la misma ruta también. Y en esas mañanas puedo notar sin los pájaros están aquí o aún no han regresado. O mejor dicho si las canciones están de vuelta, si la migración de los cantares es un hecho y las mañanas cobran vida. De nuevo.

La vida en la Laponia sueca, justo por debajo del Círculo Ártico, está bien enmarcada por las diferentes estaciones. Después del verano vendrá el otoño y luego el invierno seguido por la primavera. El pueblo indígena de los Sámi incluso identificaba ocho estaciones, solo para hacerlo absolutamente correcto. De octubre hasta abril los paseos con mi perro son bastante silenciosos. Al final de octubre la oscuridad ya ha llegado, así como el frío. Muchos de los pájaros ya se habrán ido cuando comienzo a cubrirme las orejas con mi Bordeo Beanie para salir a encontrar al fresco aire matutino. A las cinco en punto somos solo yo y unos cuantos tipos entrenando para un triatlón los que nos anticipamos al viento frío del muelle.

Luleå, donde tengo mi oficina y vivo durante la semana, es un pueblo portuario en el norte. Camino por la costanera junto al Mar Báltico, paso la estación del tren y el molino de concreto para internarme en un pequeño bosque justo después de cuatro rompehielos que dominan la vista del puerto. Pero llegada la primavera, justo ahí, en el bosque, después de pasar los rompehielos, el cantar está de vuelta. Escucho el incesante sonido de al menos tres tipos diferentes de cuitlacoches, pinzones,  mosquiteros musicales y oenanthes. Algunos días un arrendajo siberiano también se hace presente. Una vez me gané un beso en la mejilla de parte de un compañero en Yale tras encontrarle un arrendajo siberiano en un bosque más al norte, que era una de las 5000 cosas en la lista de su vida. El arrendajo, quiero decir, no yo.

Photo: Håkan Stenlund

“Solo necesitas un par de zapatos buenos, una guía de aves, binoculares y el deseo de estar ahí afuera”. Foto: Håkan Stenlund

Para ser completamente honesto, cuando se trata de buscar aves, cuando estás afuera observando aves, un amigo como Rubens en realidad no es de ninguna ayuda. Puedes preguntarle a los gaviotines árticos que acaban de pasar si es que no me crees.  Para ellos, Rubens es una pesadilla. Vuelan por los alrededores haciendo todo tipo de ruidos. Y, al final, tal vez decidirán atacarme. Es básicamente una señal de cuán fácil es ser un observador de aves. Solo necesitas un par de zapatos buenos, una guía de aves, binoculares y el deseo de estar ahí afuera. Es la forma más simple de involucrarte en el ambiente que te rodea. Y desde mi pueblo natal muchos pájaros migran cada año. Cuando suena la “alarma” de que se ha divisado un falaropo rojo en la torre pajarera detrás del complejo de Facebook, los observadores de aves de todo el norte manejan a toda máquina para alcanzar a tener un vistazo de este espectáculo poco común.

“La vida en los cielos” existe en los pueblos como también en lo salvaje. Y probablemente esa sea también la razón de por qué se está volviendo tan popular. Se estima que al rededor de 50 millones de personas son observadores de aves en los Estados Unidos, con más de 3 millones en el Reino Unido y birdlife.org es la mayor asociación de conservación de la naturaleza con miembros en 120 países al rededor del mundo. La migración de los cantares está en todos los rincones del mundo. Ten binoculares, viajarán.

A mi me gusta el gaviotín ártico, a pesar del ruido y los “ataques”. Ningún otro pájaro en el mundo migra una distancia tan larga entre sus hábitats de invierno y verano, siempre buscando la mejor ubicación donde el sol brille 24/7. Uno no puede faltarle el respeto a una criatura con el cerebro del tamaño de un maní que entiende la magia de tener sol a medianoche. Entonces disfruto el ruido que hacen sobre mi cabeza y la de Rubens. Sé que se habrán acabado en un par de meses, ellos se habrán ido y nosotros estaremos solos.

Mi abuelo fue observador de aves. Amaba el primer avistamiento de la avefría europea cuando salía a terreno. Era una señal. “Pronto será el tiempo de la labranza de primavera”, solía decir, sabiendo que toda la nieve se habría ido en un par de semanas y el suelo comenzaría a secarse por lo que sería posible salir con el viejo tractor nuevamente. La avefría europea llegaba con un mensaje del verano. Era algo que sabías y anhelabas. Así como el avistamiento de las primeras grullas y el gaviotín ártico y los hermosos combatientes, el ave de género más fluido en la naturaleza. Pero de eso yo no sabía nada en mi infancia. Solo me gustaba el espectáculo que daban.

Photo: Ger Bosma

Avefría europea. Foto: Ger Bosma

Cuando salgo a mi caminata matutina con Rubens, cuando el gaviotín ártico y el zorzal, así como la gloria de la luz de día ártica, están de vuelta en los bosques, sé que faltan solo un par de días para que uno de los favoritos de mi infancia aparezca en la Laponia sueca donde crecí. Catalogado en lista roja (vulnerable), el ansar chico vendrá volando. En estos días, solo quedan un par de cientos de ellos en Fenoscandia. Pero cada primavera, la mitad de ellos aterrizará en el pequeño pueblo de Ammarnäs, en la reserva de la biosfera de Vindelälven. Y también lo haré yo.

Hace más de 50 años, en 1964, dos reconocidos conservacionistas, Sir Peter Scott y Bernhard Grzimek, publicaron la primera edición de la Lista Roja de Especies Amenazadas. Por allá en 1964, la lista incluía 312 aves y 211 especies de mamíferos. Desde entonces, el objetivo ha sido sensibilizar a la opinión pública sobre el destino de especies individuales y ofrecer formas concretas de preservar sus hábitats naturales. En estos días, la Lista Roja incluye a varios miles de especies, incluyendo plantas. Y, francamente, rara vez ofrece una lectura esperanzadora. Pero ha habido un resultado: BirdLife es hoy en día la mayor asociación de conservación de la naturaleza en el mundo. Y me siento contento cada vez que llevo mis binoculares Zeiss al rededor del cuello, rebotando contra mi Field Scramble Jacket.

En 1992, el científico de Harvard y ganador de un premio Pulitzer, E.O. Wilson, escribió en su libro, La Diversidad de la Vida, que estamos destruyendo hábitats a una tasa desastrosa. En ese entonces él estimaba que para 2020 (o sea, ahora) habríamos perdido el 20 porciento de las plantas y animales existentes. La tasa de la que hablaba Wilson—y que fue conservadora según muchos—fue una lectura impactante y dolorosa. La tierra perdería 27.000 especies por año, lo que significa 74 especies por día o tres especies por hora. Y, lamentablemente, la extinción es para siempre.

No voy a decirles que me detengo en cosas como esta cada mañana mientras paseo a mi perro. Hay un montón de cosas mucho más entretenidas. Rubens es un verdadero perro de caza. Aún si se está poniendo viejo y un poco cansado, aún si la artrosis empeora, todavía tiene la cara más alegre que he visto en mi vida. A menudo desearía ser como él, saludando a cada nuevo día como si nada hubiera existido antes: “Oye jefe, qué bueno que ya te levantaste. Vamos a pillar unos pájaros”. Por lo que mientas me despierto lentamente, y trato de ponerme mis viejos Stand-Up Pants y una nueva camisa Field Shirt que me ha gustado un montón, me pregunto por qué nunca dejo los binoculares dos veces en el mismo lugar. Porque ahora no los puedo encontrar y caigo en los improperios, aunque eso nunca ha servido. Rubens corre por todas partes, de aquí para allá entre la entrada y el plato del agua, recargando la “tinta” con la que dejará mensajes en los árboles, arbustos, rejas, bicicletas abandonadas y autos viejos. ¿Cuál es el mensaje? Que aún está disponible y listo para cualquier cosa que sea entretenida. Igual como se lo dijo ayer a los vecinos, y como lo ha hecho cada día que hemos estado juntos por los últimos once años.

Photo: Håkan Stenlund

Rubens deja su mensaje en un árbol. Foto: Håkan Stenlund

Por eso el procedimiento cada mañana es similar y sé que estamos despertando a toda la casa. Pero cuando salgo por la puerta, siento la fresca brisa inundando mis pulmones y cierro mi chaqueta, cuando pongo la guía de aves en uno de los bolsillos del frente y nos dirigimos a ese pequeño bosque, justo después del molino de concreto y los rompehielos, donde está la magia, aún me siento vivo.

Rubens ya está bajo su árbol favorito. Un centenar de estúrnidos y un grupo de grajillas están en el parque de la estación de tren. Rubens persigue a las grajillas que alzan el vuelo. El nombre checo de la grajilla es en realidad kavka, como el escritor que no tenía mucho, y esas grajillas vuelan al rededor de un serbal. En un par de semanas, cuando lleguen las primeras nevadas, bandadas de ampelis europeo irán en busca de los frutos del serbal. Los ampelis tienen el hígado sobre dimensionado por lo que pueden metabolizar el etanol mejor que los humanos. No tomes y vueles. Si pones atención a la ruta, mirando a los pájaros, aprenderás algo sobre ellos. Y quién sabe, también podrías animarte a hacer algo de protección.

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