El cariño por Dory

Jeff McElroy  /  Min Read  /  Workwear

La colorida tradición de construir y navegar los clásicos botes dory, en el Gran Cañón, se transmite a la próxima generación.

Amy “Cricket” Rust le da los toques finales a un bote que construyó a mano y que lleva el nombre de Spooky Canyon (un cañón lateral en el Monumento Nacional Grand Staircase-Escalante). Foto: Dawn Kish

Durante una fría noche de invierno en Flagstaff, Arizona, mientras un descenso en aguas blancas o un tranquilo paseo río abajo por el Gran Cañón se sienten muy lejanos, las luces están encendidas en un taller de madera llamado Fretwater Boatworks. En el interior, en medio de un particularmente organizado caos de herramientas de mano, otras eléctricas, tablones y un letrero en la pared que dice: “No hay nada mejor que este lugar para divertirse”, un carpintero y su aprendiz están dando los toques finales a un tradicional bote a remo del Gran Cañón [conocidos como dory]. Por un momento, el ambiente se siente serio, incluso un poco tenso. Brad Dimock pasa su curtida mano por la falca. Su cabello rubio aserrín se eriza como si la habitación fuera eléctrica y entrecierra los ojos al contemplar el trabajo de su aprendiz. Luego sonríe y dice: “Es un bote hermoso, Cricket. Buen trabajo.”

Amy “Cricket” Rust, de veinticuatro años, recibió su apodo cuando era una pequeña que crecía en Julian, California. Estaba tratando de aprender a silbar por sí misma, como su héroe John Wayne, pero no tenía a nadie cerca para enseñarle. Así que empezó a succionar en lugar de soplar, lo que resultó en un sonido más parecido al de un grillo que al de El Duque.

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Cricket examina las falcas de fresno, una madera que es dura y resistente pero con la cantidad justa de flexión. Foto: Dawn Kish

Cricket adquirió habilidades en carpintería y ebanistería ayudando a su tío a construir casas y pasar el rato en su taller. Vio su primer bote a remo flotando por Redwall Cavern (una sección del Gran Cañón) cuando estaba en un viaje de la secundaria al Gran Cañón. “Me enamoré”, recuerda. “Le preguntaba al botero, ‘¿Puedo tocarlo, puedo mirar el interior, puedo sentarme en él?’ Una vez que comencé a aprender sobre los botes a remo y sobre Martin Litton, sobre su propósito, sobre lo que han hecho y han visto, y sobre cuántas veces han sido destruidos y todavía bajan por el Gran Cañón… Estaba obsesionada. Son hermosos, pero también son trabajadores incansables y muchos de los botes originales todavía están allí”.

Hace cinco años, Cricket trabajaba para una empresa de guías del Gran Cañón y expresó interés por aprender a construir y trabajar en los botes. “No me dejaban”, recuerda. “Dijeron: ‘Una vez que hayas terminado de empacar estos equipos para camping, puedes trabajar en los botes”. Pero el de equipo no se terminó nunca. Dimock se enteró de esto y se acercó a ella en Blacktail Canyon. “Escuché que esos muchachos no te dejan trabajar en los botes”, dijo. “¿Quieres venir a construirlos?” Cricket llegó a Fretwater al día siguiente.

Evolucionados a partir de botes a remo europeos, diseñados para pescar en el océano con aguas turbulentas, los dory llegaron al oeste a los ríos Mackenzie y Rogue, en Oregón. Pero la tradición de los botes a remo del Gran Cañón comienza con un hombre: Martin Litton (1917-2014). Litton formó parte del equipo de canotaje de la UCLA antes de flotar por primera vez en una sección del río Colorado en 1952. Se enamoró del río y del cañón, pero los botes de fibra de vidrio de la época no lo terminaban de convencer. Eran “unos botes no muy buenos”, recordó en una entrevista de 2012 para OARS (una empresa de viajes en aguas bravas).

Dado que flotar en el Gran Cañón era menos sobre el transporte de uno o dos pescadores y más sobre expediciones de varias semanas con muchos pasajeros y su equipo, Litton se dio cuenta de que era necesaria una mejora del diseño. Basándose en algunos avances previos, hizo sus botes a remo más cortos y gordos, lo que proporcionó más estabilidad sin sacrificar la capacidad de respuesta, la agilidad, ni la capacidad de pivotar en grandes rápidos. “Esto sucedió en todos los deportes en donde la gravedad está involucrada”, señala Dimock sobre el diseño de Litton. “Esquiar, surfear, hacer snowboard, todo el equipo comienza a hacerse más corto y más ancho, y eso sigue sucediendo”.

Al introducir los botes a remo en el Gran Cañón, Litton no solo creó una comunidad muy unida de entusiastas de los dorys que aún perdura, también estableció lo que se convertiría en un vehículo icónico en la lucha por evitar que se represen secciones del río Colorado. Cuando Litton se enteró de las propuestas de mega represas para los cañones Marble y Bridge, comenzó a bautizar sus botes en honor a los ríos represados ​​y dio un apasionado discurso ante el Sierra Club que los convenció de lanzar campañas en contra de esas represas. En respuesta a su presión, el Congreso canceló ambos proyectos en 1968.

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Tres generaciones de amantes de los botes dory bajo el mismo techo. Foto: Dawn Kish

Litton continuó remando y luchando para mantener los ríos salvajes y libres por el resto de su vida y, a la edad de 87 años, se convirtió en la persona de mayor edad en remar todo el Gran Cañón. También trabajó junto a Edward Abbey, David Brower y tantos otros en la protesta contra la construcción de la presa de Glen Canyon. “Podríamos haber detenido la presa de Glen Canyon y no lo hicimos”, dijo a OARS en 2012. “Pero no nos esforzamos lo suficiente”. A diferencia de Abbey, cuya arma principal era la pluma, Litton eligió la acción para defender la naturaleza. Su filosofía era llevar a más gente al río y dejarles ver por sí mismos lo que necesitaba protección. Una de esas personas era un joven corredor de kayak y carpintero de Ithaca, Nueva York, llamado Brad Dimock.

Hoy, sentado dentro de un bote recién acuñado en Fretwater Boatworks, Dimock recuerda el legado de Litton: “Nos hizo remar a través del lago Mead [durante dos días] para que la gente pudiera ver lo que un embalse le hace a un río vivo, volvieran a casa y se preocuparan más”. Dimock trabajó para la compañía de Litton, Grand Canyon Dories, durante siete años remando un bote llamado Chattahoochee. Después de que Litton vendió la empresa y a Chattahoochee junto con ella, Dimock se enteró de que el bote había regresado al astillero de Litton en mal estado y estaba acumulando maleza. Cuando le preguntó si podía comprarlo y arreglarlo, Litton respondió: “Bueno, me encantaría venderte ese bote, pero no puedo. No puedo venderle a un hombre su propio bote. Sácalo de mi jardín y llévate el remolque ”.

Dimock aún no sabía cómo arreglar botes, por lo que le añadió una nueva capa de pintura, la rebautizó como Cataract, la sacó al río al año siguiente y al poco tiempo “la hice volar en un millón de pedazos”. Al reconstruir Cataract fue cuando su pasión por arreglar y reparar botes comenzó en serio. “Ella ha sido mi compañera desde entonces”, dice.

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Fretwater Boatworks funciona completamente con energía solar. Dimock lo construyó con madera, incluido el piso, que es útil para apuntalar y clavar cosas sobre la marcha. También mantiene el nivel de sonido bajo cuando se trabaja con herramientas eléctricas y es agradable para los pies y la espalda. Foto: Dawn Kish

Dimock, que se describe a sí mismo como un políglota de técnicas, ha estudiado los barcos vikingos, los botes japoneses tradicionales y ha trabajado con constructores de botes en todos los Estados Unidos. Él elige sus técnicas favoritas y las aplica a los botes a remo del Gran Cañón que construye. “No soy un tradicionalista”, dice. “Pero estoy construyendo botes realmente tradicionales de formas muy innovadoras”. También deja en claro que cerrará la tienda si alguna vez comienza a sentirse como un trabajo. “No sé qué voy a hacer a después”, dice. “Sin embargo, probablemente algo que tenga que ver con el Gran Cañón, los botes y la comunidad”.

Martillo, cincel, cinta adhesiva, destornillador, sierra. Estas son las herramientas en el kit de río de Dimock, pero en la tienda, es una historia completamente diferente. “Probablemente gasté unos 3.000 dólares en tornillos este año”, dice. “Tornillos estriados de bronce para madera, que son muy difíciles de encontrar. Nos estamos quedando sin baterías para las herramientas eléctricas. Hemos destruido todas las sierras para cortar bronce, por lo que compramos nuevas sierras. Utilizo conectores de soldadura autoadhesivos activados por calor para el cableado subacuático y bombas de achique e interruptores. Probablemente gasté 500 dólares en unas elegantes bisagras para botes este año. Tengo que comprar burletes y montañas de papel de lija. Compro pintura marina tradicional de New Bedford, Massachusetts. Sigue y sigue. Muchas herramientas, mucha madera “.

Para construir los esqueletos de sus botes, Dimock se abastece de cedro de Port Orford desde un bosque manejado de forma sustentable. “Es súper resistente a las rocas”, dice. “Huele hermoso, no se astilla mucho, se dobla bien, los japoneses lo compran para construir templos, por lo que es sagrado”. Para las falcas y los remos, prefiere la madera de fresno porque es dura y resistente, con la cantidad justa de flexión. “[El fresno] se está extinguiendo rápidamente debido a la plaga del barrenador esmeralda del fresno”, señala. “Así que nos estamos abasteciendo”. También utiliza madera marina contrachapada de alta calidad de Indonesia.

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Dimock probando uno de sus doryaks de diseño propio (una cruza entre un bote a remo dory y un kayak) en el Gran Cañón. Foto: Dawn Kish

“Aquí no estamos construyendo Steinways, ya sabes”, dice Dimock sobre su trabajo. “Estamos construyendo botes. Ellos van a salir y van a chocar y serán reconstruidos, para luego chocar y ser reconstruidos. Queremos construirlos bien, pero también queremos hacerlos, meterlos al agua, meternos al agua nosotros mismos y construir otro bote”. Junto con la historia de la conservación, la tradición y la artesanía, Dimock está transmitiendo una ética de trabajo a Cricket que se basa en hacer el trabajo y divertirse en el camino, probando nuevos enfoques todo el tiempo. “Si entiendes lo que estás haciendo”, le gusta decir, “no estás aprendiendo. Nunca hacemos lo mismo dos veces por aquí”.

Cricket atribuye la confianza que Dimock tiene en su trabajo, improvisación y experimentación a su crecimiento como carpintera. Desde su primer día en el taller, al que ella su hogar, Dimock nunca la ha reprendido por cometer un error. En cambio, le dice: “Podemos arreglarlo”. Esta aproximación tranquila pero enfocada le ha permitido a Cricket encontrar técnicas mejores y más eficientes para hacer el trabajo, y Dimock disfruta los momentos en que la estudiante ha superado al maestro.

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Dimock y Cricket también construyen réplicas de icónicos botes a remo a escala 1/6. Es una forma de honrar a los botes y también les permite perfeccionar las técnicas de construcción antes de aplicarlas a proyectos más grandes. Foto: Dawn Kish

“Simplemente la adoro”, dice Dimock sobre Cricket. “Es como la hija que nunca tuve. Es muy emocionante para mí tener a alguien que esté tan interesada en la herencia, las historias, el oficio, la belleza y la tradición de los botes, pero que todavía esté constantemente tratando de pensar en nuevas formas de hacer las cosas. Es una aprendiz maravillosa, es una persona dulce, muy talentosa, muy dedicada al oficio y espero que se apegue a eso. Mis dos aprendices irán a la escuela de botes este año para aprender algunas de las formas tradicionales de hacer las cosas de los grandes maestros, y luego volverán para experimentar conmigo. Me encanta.”

El horario laboral terminó hace un buen rato en Fretwater, pero, como la mayoría de las noches, Dimock y Cricket se quedan para elaborar en torno a las complejidades del diseño o para beber una cerveza, reír y hacer planes para la temporada de primavera-verano en el río*. Algunas noches, músicos locales tocan en el taller y los amigos, nuevos y viejos, se reúnen para ver presentaciones de diapositivas y películas sobre navegar en el río. Pero esta noche es fría y silente. 120 kilómetros al noroeste, más allá de las altas cumbres del desierto y las mesetas del Bosque Nacional Kaibab, el río Colorado se abre paso a través del Gran Cañón. El mutismo de los tramos tranquilos, la cacofonía de Lava Falls Rapid y el espíritu de Martin Litton se hacen presentes y habitan los sueños de este carpintero y su aprendiz. Y los botes, que probablemente sobrevivirán a sus creadores, descansan en el muelle sobre caballetes, esperando ansiosamente la libertad de hacer lo que fueron construidos para hacer.

Cricket apunta a un bote llamado Hetch Hetchy. “Ella tiene 51 años ahora”, dice. “Y ha visto mucho, ha sobrevivido malas experiencias y todavía está flotando. Todavía está haciendo viajes al Gran Cañón. Es ser parte de su longevidad, de sus piezas de la historia, lo que obtienes al remarlos.

“En nuestra pequeña comunidad del Gran Cañón, la tradición oral lo es todo”, reflexiona Cricket. “Y todos esos nombres [que vinieron antes que nosotros], todos ellos tienen diferentes historias que están siendo contadas por diferentes personas y con diferentes inflexiones. Espero poder mantener la tradición “.

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Cricket corre el Lava Rapid del Gran Cañón sobre Peekaboo, un doryak que construyó en Fretwater Boatworks. Foto: Dawn Kish

* El 24 de marzo, Dimock publicó en Instagram sobre la primera bajada de lo que se esperaba fuera otra temporada de diversión bajo el sol para la comunidad de los botes dory del Gran Cañón: “Los doryaks sacudieron el Gran Cañón. Ningún volcamiento y 100% disfrute”. Dos días después, publicó: “De vuelta a casa desde el río, para encontrarme con este Nuevo Mundo Asustado”. Durante la pandemia, Dimock y Cricket se las han arreglado para hacer algunas bajadas con distanciamiento social y construir más botes. También ordenó su armario.

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